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LUMBRES EN LAS PROFUNDIDADES: UNA PELIGROSA COSTUMBRE QUE CAUSÓ MUERTES EN SIERRA ALMAGRERA

ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA

En las minas de Almagrera la muerte, terca y despiadada, acechaba por doquier. La desprotección de los operarios, las inacabables y agotadoras jornadas, el desempeño de los trabajos a cientos de metros de profundidad, en pozos y galerías reducidas, mal ventiladas y, por tanto, insalubres, propiciaban condiciones idóneas para que se produjesen accidentes de naturaleza diversa y trágico desenlace. Así aconteció en la noche del 13 al 14 de enero de 1868 en la mina San Agustín, cuya demarcación estaba situada en el afamado barranco Jaroso. Allí, a unos 195 metros de profundidad de repente se desató el infierno: un incendio segó la vida de ocho desgraciados, y podría haber ocasionado un mayor número de víctimas entre los 23 operarios y el capataz que en aquel momento realizaban labores en las tenebrosas profundidades.

Después, una vez concluida la investigación sobre las causas, se supo que el incendio se había originado a partir de los rescoldos de una lumbre que los trabajadores habían encendido dentro de la mina para calentar su cena. Cuando se laboreaba a tanta profundidad, los mineros preferían realizar la comida que les correspondía por su turno en el sitio donde entonces se encontrasen, con lo que se ahorraban el esfuerzo desmedido que suponía trepar por el pozo de escala hasta la superficie solo para almorzar o cenar, volviendo luego a bajar hasta el tajo para continuar con las labores. Sin embargo, todos los trabajadores sabían que estaba prohibido prender fuego en el interior de las galerías por los riesgos que conllevaba, aunque su incumplimiento formaba parte de la cotidianidad.

Parece ser que lo que en esta ocasión ocurrió fue que los restos o rescoldos de la hoguera fueron arrojados por un pozo inclinado revestido de madera que de inmediato prendió, y de ahí se propagó a las galerías colindantes, que contaban igualmente con entibados del mismo material, que tampoco tardaron en arder. A la una de la madrugada, alertados por las columnas de humo que salían a través del pozo maestro de la explotación, avisaron al facultativo Guillermo Bachiller, director de la San Agustín y de otros minas ubicadas en el mismo barranco. Cuando el técnico llegó, ya habían salido a la superficie 15 trabajadores y su capataz, que relataron a su manera lo que había sucedido allá abajo. Ante este estado de cosas, con el incendio activo y extendiéndose, Bachiller se vio en la premura de analizar la situación y decidir cómo actuar: estimó que, “siendo imposible penetrar en las excavaciones por ninguna de sus entradas a causa de la gran cantidad de humo que salía por todas ellas”, no habría sido posible intentar la salvación de los ocho restantes operarios, que ya suponía muertos porque, según él, el tiempo transcurrido desde el comienzo del incendio impedía abrigar la más mínima esperanza acerca de la supervivencia de aquellos individuos. Desestimó, “con gran sentimiento” si damos crédito a las crónicas, cualquier intento de rescate y se centró en evitar que el fuego pasase a otras galerías de la explotación e, incluso, que se expandiese por las minas colindantes, por lo que ordenó para sofocarlo cuanto antes tapar o cerrar todas las entradas de la San Agustín. Tres días después de estos dramáticos sucesos pudieron por fin extraerse los cadáveres de las ocho víctimas en avanzado estado de descomposición, verificando que algunos de ellos ni siquiera habían sido consumidos por las llamas.

No era la primera vez ni iba a ser la última. El 18 de diciembre de 1855 otro fuego calcinó el pozo de bombas del Desagüe General de Sierra Almagrera en el Jaroso. Ante las dimensiones que alcanzaba el incendio, el ingeniero Antonio de Falces, director de aquellas instalaciones, coordinó con celeridad las operaciones de extinción: llamó a las cuadrillas y carpinteros que operaban en aquella parte de la sierra, que acudieron junto a sus capataces, y bajaron inmediatamente para incomunicar el pozo incendiado con las galerías adyacentes, además de tapar todas las “bocas de la superficie”, de modo que en menos de una hora el fuego quedó controlado y casi extinguido. En este dispositivo jugó un papel decisivo el ingeniero sajón Arminio Breithaupt, director de la mina Esperanza y famoso con el tiempo por haber sido el descubridor de la jarosita, ese mineral que algunos conocieron por hallarse en Marte y no en la Tierra.

La rápida actuación de cuadrillas, capataces e ingenieros evitó una ruina, ya que de haber ardido las instalaciones del Desagüe las pérdidas materiales se habrían valorado en más de dos millones de los reales de entonces, además de provocar la paralización de un servicio que resultaba vital para la continuidad de aquellas explotaciones. Tampoco hubo que lamentar víctimas, pues los operarios que allí trabajaban pudieron salir indemnes, aunque hubo consecuencias para ellos, y muy rigurosas, tal y como se pone de manifiesto en la crónica que desde Almagrera se envió a la Revista Minera de Madrid: “Averiguada la causa del incendio, se reduce a haber encendido una pequeña hoguera a 120 varas los operarios destinados a la limpieza de las bombas y tablados del pozo, con ánimo de calentarse y hacer de comer por no salir a la hora destinada. […] Citados los cuatro operarios causantes ante la Junta General de Cuevas y ante la autoridad, confesaron ingenuamente el hecho y su ignorancia. Sin embargo, fueron reducidos a prisión, no tanto por imponerles un castigo cuanto porque sirva de escarmiento, y se eviten de una vez los perjuicios a que diariamente están expuestas las minas por el abuso inveterado de encender lumbre los operarios a su antojo y sin prever las consecuencias”.

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